Proyecto de Lengua y Literatura (Debate)
DEBATE EN LA SOCIEDAD MODERNA
Es frecuente preguntarse
acerca de la modernidad, cuáles son sus rasgos característicos y cuáles son las
ideas fuerza que proyecta. Nuestra sociedad no la ha alcanzado aún. Se discute
por qué no lo ha hecho, qué grados de desarrollo le falta conseguir, qué salto
tecnológico aún no ha dado, qué expresiones emergen de su seno en relación al
cuidado de su medioambiente o qué grado de madurez institucional no ha logrado
plasmar. No encontramos aún el eje que nos permita alcanzar tal modernidad.
Pero, ¿cuál es entonces la característica que diferencia una sociedad moderna de una que no lo es? Más allá de la categoría histórica que establece el nacimiento de la modernidad junto con el Renacimiento, ha ganado consenso, últimamente, el ubicar a las sociedades modernas dentro de aquellas que desafían los dilemas de su tiempo. Es decir, si se trata de una sociedad que es capaz de enfrentar los nuevos problemas que aparecen, es una sociedad moderna. Si no es capaz de hacerlo, quedándose atrapada en viejas discusiones que no puede superar, será una sociedad premoderna.
Es frecuente preguntarse
acerca de la modernidad, cuáles son sus rasgos característicos y cuáles son las
ideas fuerza que proyecta. Nuestra sociedad no la ha alcanzado aún. Se discute
por qué no lo ha hecho, qué grados de desarrollo le falta conseguir, qué salto
tecnológico aún no ha dado, qué expresiones emergen de su seno en relación al
cuidado de su medioambiente o qué grado de madurez institucional no ha logrado
plasmar. No encontramos aún el eje que nos permita alcanzar tal modernidad.Pero, ¿cuál es entonces la característica que diferencia una sociedad moderna de una que no lo es? Más allá de la categoría histórica que establece el nacimiento de la modernidad junto con el Renacimiento, ha ganado consenso, últimamente, el ubicar a las sociedades modernas dentro de aquellas que desafían los dilemas de su tiempo. Es decir, si se trata de una sociedad que es capaz de enfrentar los nuevos problemas que aparecen, es una sociedad moderna. Si no es capaz de hacerlo, quedándose atrapada en viejas discusiones que no puede superar, será una sociedad premoderna.
Así, los viejos dilemas referidos
a la falta de consolidación de la institucionalidad, a la superación de la
sociedad del trabajo manual, a la lucha contra la explotación del género
femenino o la niñez, al combate contra las restricciones indebidas a la
libertad, ya no existen en la agenda de discusión de las sociedades modernas.
Por el contrario, los temas de que se ocupan son los que responden a su tiempo;
por eso, aparece la conciencia sobre la degradación del medioambiente y el uso
indiscriminado de los recursos naturales, así como la atenuación del
capitalismo salvaje y la lucha contra los resabios de totalitarismos. Y todos
esos debates se dan en un marco de institucionalidad, sin los desbordes que caracterizan
a las sociedades premodernas.
Nuestra sociedad insiste con los
viejos enfrentamientos entre izquierdas y derechas y recurre a las vías de
hecho para resolver los conflictos. Aborda el conflicto social en clave de
irreconciliables enemigos, sin dejar el menor espacio para la superación.
La sociedad argentina evita
colocar en su agenda los nuevos dilemas o el modo institucional de resolverlos.
El mito de la eterna fundación nos condiciona. La dirigencia entiende que
nuestros pueblos nacieron en la "épica" y difícilmente se conformen
con un orden normal y previsible, que tienda al desarrollo y al bienestar de
sus ciudadanos. Romper con ello para construir la institucionalidad es nuestro
desafío.
Al decir de García Hamilton, a
fines del siglo XV, el país que parecía destinado a ampliar las fronteras del
mundo era Italia, sobre todo sus ciudades-Estado del Norte. Allí se había
logrado un importante desarrollo del comercio y de las finanzas y ello había
hecho florecer una civilización de las más modernas de Europa. Personajes como
Lorenzo de Medicis, Machiavello, Leonardo o Michelangelo dominaban la escena.
Sin embargo, fue España quien
llevó adelante el descubrimiento de América y la epopeya de la conquista -junto
con Portugal- de lo que hoy conocemos como América latina. Italia no descubrió
América -pese a que en los hechos fue encabezado por un navegante genovés-
porque esta proeza necesitaba un espíritu medieval, que no existía en el norte
de la península itálica. La conquista de América fue algo así como la
prolongación de ese espíritu en el nuevo mundo. La conjunción de religión,
aventura y dominación fueron los condimentos de la conquista. Y ellos trajeron
la intolerancia y la anarquía.
Europa avanzó y en el siglo XVII
se produjo la revolución gloriosa en Inglaterra, que limitó el poder de la
monarquía. En el siglo XVIII se produjo la Revolución Francesa, que
institucionalizó la república y el ascenso de la burguesía con poder económico
al mundo de las decisiones políticas. Luego de pasar por diversas experiencias
sangrientas y totalitarias, en el viejo continente se consolidó la democracia y
la organización republicana, marchando decididamente hacia la integración de
sus países.
Los nuestros, en cambio,
mantuvieron ese espíritu épico que necesita de las utopías fundantes, que
eternamente se repiten. Y así, cada grupo que accede al poder pretende arrasar
con todo lo establecido, para crear su propio nuevo orden. Unitarios y
federales, chupandinos y pandilleros, crudos y cocidos, nacionalistas y autonomistas,
radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas. Todas facciones que han
pretendido imponerse a la otra mitad por cualquier medio a lo largo de nuestra
historia.
Claro que hoy poco queda del
espíritu caballeresco. Y una épica sin espíritu es una vulgaridad. En esa
clave, es interesante entender las últimas respuestas que ha dado nuestro
pueblo a los avances antirrepublicanos. Si bien no se puede imponer la agenda,
se pueden rechazar los falsos dilemas. Y en situaciones extremas, nuestra gente
se hace escuchar.
Desde la antigua Grecia, cuna y Meca de la filosofía, el debate ha jugado un rol fundamental en la discusión de las ideas. El mismo permite a las personas exponer sus criterios y propuestas, desde un punto de vista crítico, con el mero objetivo de someter dichas ideas a escrutinio, pudiendo cada cual defender lo que considera correcto.
Debate en la sociedad antigua.
Desde la antigua Grecia, cuna y Meca de la filosofía, el debate ha jugado un rol fundamental en la discusión de las ideas. El mismo permite a las personas exponer sus criterios y propuestas, desde un punto de vista crítico, con el mero objetivo de someter dichas ideas a escrutinio, pudiendo cada cual defender lo que considera correcto.
Aproximadamente 2,500 años más tarde, el debate continua siendo fomentado en las sociedades desarrolladas con el propósito de que las personas asienten sus creencias, prácticas, corrientes, y hasta las leyes son debatidas en el Congreso (al menos en principio), a fin de demostrar su eficacia o certeza. Oportunamente, este proceso también sirve para desmontar ciertos mitos y polémicas insostenibles.
El debate es tan importante, que los centros de estudios más reconocidos lo promueven entre sus academias, con el propósito de validar resultados y fijar posiciones de consenso.
En el ámbito político pocas cosas arrojan más claridad que el debate. El mismo ofrece una oportunidad excelente para la exposición y comparación de la oferta política entre contrincantes. A la vez, realiza una importante contribución a la democracia, toda vez que el ciudadano está mejor informado al momento de decidir sobre su voto.
Nuestra población ha sido constantemente manipulada por líderes políticos especialistas en discursos de teleprompters y demás monólogos de un verbo sofisticado. La demagogia, cada vez más prolija, ha llegado a ser vista por las nuevas generaciones como una clara señal de fracaso, de falta de preparación y de malas intenciones. Lamentablemente, líderes de la vieja escuela caen en el error de pensar que se siguen dirigiendo al mismo votante de hace 15, 20 o 30 años, al que le bastaba con palabras... que se lleva el viento. Algunos han llegado a pensar que el silencio es siempre una respuesta aceptada, rehuyendo a los deberes y obligaciones conferidas por mandato del pueblo.
Acceder al debate demuestra seguridad en su plan de gobierno, liderazgo, transparencia, gallardía y confianza en sus estrategias. No hacerlo, indica exactamente todo lo contrario.
El votante de estos tiempos exige que nuestros líderes encaminen la democracia por senderos de verdadero progreso; que las ideas sean defendidas con base y fundamento; que rompamos con los paradigmas que han mantenido a los ciudadanos sumergidos en la impotencia y la ignorancia; y, que tengan el valor de enfrentar a sus contrincantes de una forma civilizada.
Cuando una campaña política se cimienta en la cantidad de afiches que son distribuidos, de muros y postes ensuciados, de “discolais”, de pica pollos y de caravanas llenas de atraso, el debate es indispensable.
No existe una sola razón que justifique no participar en un debate público, a menos que no se esté muy confiado de sus competencias. Precisamente por ello y, abogando por sacar a la política dominicana del lastre del siglo XX, esta vez el debate, más que electivo, resulta imperativo.




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